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VIAJAR SOLA NO SIEMPRE FUE FÁCIL

Ginebra, (Suiza)

Las diferentes experiencias por las que he pasado a lo largo de los años han forjado mi carácter de una manera muy diferente a la Cristina de niña y la Cristina adolescente. Hoy, una de las cosas que más me apasiona en la vida y la razón por la que llegué a la India, es viajar. Al mirar atrás, no encuentro esa ansia de aventura, esas ganas de comerme el mundo y aprender de nuevas culturas que siento ahora. Cristina la niña era introvertida, callada y tímida; esos rasgos tampoco son muy diferentes a la Cristina adolescente. Al sentirme segura rodeada de mi familia, las cosas eran diferentes; pero fuera de ella me era muy difícil relacionarme, cuando se trataba de aventurarme en ambientes desconocidos o con personas extrañas. Al seguir este enlace puedes leer sobre mis experiencias en la India.

Ciudad de Quebec. (Canadá).
Photo from https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Quebec_City.jpg

Mi hermano y yo estudiamos en el colegio suizo en Bogotá, por lo que desde muy pequeños fuimos introducidos en la lengua francesa, y casi sin darnos cuenta aprendimos entre juegos a hablar francés muy rápidamente. A mí se me facilita aprender nuevos idiomas, así que obtuve un dominio razonablemente bueno de la lengua tras pocos años de colegio. Sin embargo, demostrar buen dominio del francés en clase no tenía nada que ver con mostrar esas capacidades en otros ambientes. Mis papás sólo hablan como segunda lengua inglés así que nuestro buen desempeño dependía sólo del tiempo que pudiéramos practicar en el colegio. Esa era una de las mayores razones para que mis papás que siempre apoyaban nuestro aprendizaje planearan vacaciones en lugares de habla francesa.

El primer viaje que hicimos con el propósito de practicar francés fue a la provincia de Quebec en Canadá. Fueron muchos viajes los que hicimos en familia, así que yo conocía el ritmo de los aeropuertos y los aviones; pero sólo el desparpajo y la confianza que siempre muestran mis papás al viajar me hacía sentir segura. Sin embargo, en este viaje las cosas eran un poco distintas pues mis papás no hablan francés y eso complicaba un poco las cosas. Mi hermano en esa época tenía sólo cinco años y llevaba escasos dos años estudiando en el colegio, así que mis papás dependían principalmente de mi hasta para hacer las preguntas más sencillas. Conociendo mi carácter de esa época depender de mí no parecía la mejor idea, y aunque la confianza de los padres en los hijos es siempre inquebrantable, mi mamá sufrió un par de chascos por mi culpa. Una tarde, por error, entramos a un centro comercial que estaba ya cerrado, pues como cualquier niño no tuve precaución de leer los anuncios de “cerrado”. De hecho, entramos por las escaleras de emergencia. El vigilante al vernos se puso furibundo y empezó a regañarnos en francés. Mi mamá trató de explicarle en inglés, pero sin mucho éxito pues el señor no le entendía, que ella no había podido leer los carteles que estaban en francés. Yo estaba parada al lado de ella, y aunque entendía todo lo que el vigilante decía, me quedé callada. Mi mamá me decía: “Cristina por favor explícale al señor”, pero yo me mantuve más callada que una momia hasta que salimos a la calle. Al día siguiente, segundo intento fallido, mi mamá me pidió que le preguntara al chofer del bus si ese era el bus correcto, pero sin importar ella cuanto me insistió, yo no musité palabra; finalmente fue mi hermano, de sólo cinco años el que fue a preguntarle al chofer.

Los años pasaron y yo fui creciendo, a la par con mi dominio del francés. Pero, no muchas cosas cambiaron durante esos años respecto a mi temperamento y mi manera de enfrentar las situaciones desconocidas.  Fue ahí cuando faltando sólo dos años para graduarme, vino ese viaje organizado por el colegio en el que todos los estudiantes de mi promoción harían una estadía en Suiza durante seis meses. Cada uno de los estudiantes iba a vivir con una familia en Suiza y asistiría al colegio normalmente como si estuviéramos en Colombia. Más allá de tener la oportunidad de desenvolvernos con el uso de la lengua suizo-francesa en un ambiente de inmersión total, tendríamos por primera vez en nuestra vida la posibilidad de experimentar las costumbres del país de origen de mucho de nuestros profesores experimentando el día a día de la vida en Suiza.

La ciudad de Ginebra está ubicada cerca al lago Leman y la ciudad está dividida por varios canales. Ginebra (Suiza)

La mayoría de mis compañeros fueron ubicados en el cantón rural de Valais, y sólo cuatro entre los que estaba yo incluida iríamos a vivir en Ginebra. Ginebra es una de las ciudades de habla francesa más importantes de Suiza, ubicada justo en la frontera con Francia. Yo había pedido explícitamente que quería vivir en el campo; pues realmente me tentaba mucho más la idea de no tener que batallar con un colegio de muchos estudiantes y un ambiente de ciudad, pero a veces los profesores toman por nuestro bien decisiones contrarias a nuestros deseos. Para muchos de mis compañeros yo había tenido suerte porque ellos preferían la vida de ciudad. En la información que el colegio me entregó antes del viaje decía que mi familia de acogida estaba compuesta por padre, madre y dos hijos. Su casa estaba ubicada a las afueras de Ginebra, en una municipalidad llamada Chêne Bougeries. El papá es de origen español por lo que habla español fluido. Los niños, que para esa época tenían cuatro y siete años, habían sido adoptados en Colombia. Por las conversaciones que mantuvimos con la familia antes del viaje, yo sabía que ellos sentían una gran cercanía con mi país y ya lo habían visitado varias veces, lo que nos daba un tema en común y una afinidad especial.

Con sólo 14 años ya estaba todo listo para embarcarme en ese viaje; por primera vez estaría en el extranjero sin mis papás. Yo era consciente de la oportunidad que la vida me estaba brindando, pero estaba muerta del miedo. Conforme la hora del viaje se iba acercando, me parecía que iba a ser tragada por la oscuridad de la boca de una ballena. Y aún hoy, recuerdo ese momento en el que delante de la puerta de inmigración mis papás se despidieron y quedé yo sola, si con mis compañeros y un profesor acompañante, pero lejos de mi familia que era el único universo que me generaba total confianza. Durante la primera semana estuvimos todos viajando en grupo por varias ciudades de la Suiza alemana. Conforme pasaban los días y nos acercábamos a Lausana, donde cada uno de los estudiantes iba a ser recogido por sus respectivas familias de acogida, a mí se me volvía el panorama más y más negro. Para colmo de males, los tres otros compañeros que vivirían también en Ginebra no hacían parte de mi núcleo de amigos cercanos; pero bueno, me daba cierta tranquilidad saber que iba a tener alguien conocido cerca.

Disfrutando de la montaña en familia. casi como en viejos tiempos, la única diferencia es que ahora yo disfruto caminar. Mont Saleve, (Francia)

Desde el inicio, Ricardo y Fabienne, mis padres de acogida fueron muy amables conmigo. La llegada a la casa fue una sorpresa positiva para mí, pues mi cuarto era aireado, luminoso, y grande; estaba ubicado en el segundo piso con una ventana al jardín. Tenía una cama doble, un escritorio y una poltrona que era tan suave como dormir en los brazos de los dioses.  Recién al llegar me enseñaron que los zapatos se debían dejar en la entrada en un armario y que para dentro de la casa se vestían sólo pantuflas. Nicolas El hijo mayor era un poco más tímido y callado con una personalidad para parecida a la mía, mientras Tamara, la chiquitina era un hermoso remolino con una sonrisa pícara. Ella y yo congeniamos bastante fácil, pues de una o otra manera me las ingenié para conquistarla con ciertos truquitos que yo traía de la experiencia de ser la hermana mayor.

La primera prueba estaba resuelta, pues parecía que me iba a ser fácil adaptarme a esa familia que me recibía con la mejor disposición y a esa hermosa casa rodeada de un verde jardín con un camino boscoso en frente. Pero desde un principio, lo que me generaba una mayor inseguridad era asistir al colegio con chicos de mi edad, y no fue para nada una experiencia fácil. Tal vez es difícil para ustedes como lectores entender porque yo me sentía tan insegura; al contrario, debería estar emocionada de compartir salón con estudiantes de otras culturas y hacer nuevos amigos. Mis inseguridades provenían de ese recuerdo de mis años en primaria cuando otros niños me hacían booling y me maltrataban. Los niños son seres inocentes y por esa misma razón les es difícil medir que tanto pueden herir a otras personas; me tomó muchos años entender porque alguien podría querer divertirse haciendo sufrir a otro. Lo que viví durante mis años de primaria fue una experiencia que marcó mi vida drásticamente. Una de las maneras en que las personas maltratadas buscan protegerse es construyendo una armadura alrededor de sí mismo para estar listos a atacar en vez de ser atacados. En mi caso, trataba de desaparecer y hacerme notar lo menos posible, especialmente cuando llegaba a ambientes que me parecían hostiles.

Todo listo para tomar el café en el jardín de la casa de la familia en Ginebra. (Suiza)

Durante los seis meses que estudié en el College Claparede en Ginebra, solo hice dos amigas. Una de ellas estaba varios cursos más adelante y nos veíamos todas las mañanas en la parada del bus y la otra era mi compañera de pupitre en el colegio. Fuera de clase y en los fines de semana compartía con mis compañeros colombianos con los que construí a partir de ahí una linda amistad que perdura hasta ahora. Yo era la única en el grupo de los colombianos que pasaba la mayor parte del tiempo sola, para ellos fue mucho más fácil adaptarse e hicieron un montón de nuevos amigos. Ellos siempre intentaron incluirme en sus actividades y eso lo agradecí de corazón.

Para mi familia de acogida era difícil entender porque yo no quería salir los viernes por la noche o invitar a mis compañeros de colegio a la casa como cualquier chico de mi edad. Para ellos resultaba extraño que yo prefiriera pasar horas encerrada en el cuarto leyendo libros que traía de la biblioteca del colegio. Ese fue mi refugio durante todos los descansos mientras estudiaba, y me leí cual ratón de biblioteca todos los libros en español que encontré. Asumo que leer en español me traía de nuevo a mi lengua, a mi tierra, a lo que me hacía sentir segura. Sinceramente, pasé muchas horas encerrada en mi cuarto llorando y contando los días en el calendario para volver. Mi mamá habló con la familia de acogida y les explicó que yo era tímida e introvertida, y que mientras estaba en Colombia pasaba la mayor parte del tiempo con mi familia. Desde ese momento, ellos hicieron todo lo posible por hacerme sentir bien y me incluyeron en todas sus actividades de fines de semana. Todavía recuerdo con mucho amor esas caminatas por la montaña y la ida a comer fondue preparado por la abuela los sábados. Amé ayudar a celebrar el cumpleaños de los niños, y me sentí realmente feliz el día que celebramos mi cumpleaños con mi torta favorita. Era delicioso tener el desayuno listo esperando cada mañana en la mesa y compartir la cena en familia, siempre terminando con una tabla de quesos que ellos compraban casi especialmente para mí.  Durante ese tiempo construimos una linda relación, tanto que hoy siento que tengo otra familia en Suiza; tan cercano es nuestro vínculo que tres años después de mi viaje, mi hermano también vivió durante seis meses con ellos en Suiza.

Una muestra muy pequeña de mil y un momentos vividos juntos. Algunas fotos son en Suiza y otras en Colombia.

En el 2018, justamente quince años después de mi primer viaje a Ginebra, mi hermano y yo fuimos a visitar de nuevo a nuestra familia suiza. Fue un maravilloso viaje al pasado.  Nosotros ya no éramos los mismos, los niños hoy son también adultos, pero el afecto permanece intacto aún después de tantos años. Hoy cuando miro en retrospectiva entiendo y perdono a Cristina la adolescente por no aprovechar totalmente esa oportunidad de oro que la vida le estaba regalando. Pero agradezco todas las lecciones que ese viaje me dejó; especialmente aquella de vivir en el presente disfrutando cada pequeño detalle que nos regala la vida, pues las oportunidades casi nunca se presentan dos veces. Aunque hubiera podido vivir la experiencia de una manera diferente, al final todo valió la pena. Ahora mi familia es más grande, pues tengo otra familia en Suiza que está siempre esperándome con los brazos abiertos.

2 thoughts on “VIAJAR SOLA NO SIEMPRE FUE FÁCIL”

  1. Gracias por tus bonitas palabras acerca de Suiza y de tu estancia en nuestro hogar aunque me doy cuenta que también pasastes unos momentos dificiles… Ricardo tu papá suizo

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